Entre Melinka e Islas Huichas, “El Viaje del Luche” registra un oficio transmitido por mujeres durante generaciones, siguiendo el recorrido del alga desde la roca hasta la cocina. El proyecto cruza arte, ciencia y patrimonio para reunir memorias, saberes y transformaciones del litoral norte de Aysén.

En verano, el día de Luchita y Judith puede empezar apenas aclara. Preparan los canastos, algo para comer y salen en bote desde Melinka en búsqueda del preciado luche. A veces navegan cerca de una hora hasta una isla donde bajar. Miran la orilla… Unas sirven, otras no. Ellas lo saben.

Llevan mate, pan, quizás pollo de la noche anterior, un jugo, fruta. A veces van los hijos, también los perros. Judith cuenta que, cuando se acercan a tierra, basta indicarles la playa para que salten del bote y naden hasta la orilla. Después pasan horas recorriendo. La marea decide el regreso. Cuando empieza a crecer, vuelven a embarcarse.

Luisa Llancalahuén (73), Luchita como le dicen cariñosamente, y su hija Judith Maripillán (52) me contaron esa rutina en el Museo Regional de Aysén, en Coyhaique. La exhibición montada fue una de las primeras formas públicas que tomó el proyecto. Detrás había mapas, panes compactos de luche, moldes de lata, algas prensadas sobre papel y fotografías de otras recolectoras.

Algario de Valeria Cárdenas, Puerto Aguirre, exhibido en el Museo Regional de Aysén. Foto: Lucas Avilés.

“Todos y todas vivimos del mar”, recalcó Judith al describir Melinka. Dicha localidad está en el Archipiélago de Las Guaitecas, al extremo noroccidental de Aysén y al sur de Chiloé. Más abajo, en el litoral de la misma región, Islas Huichas reúne localidades como Puerto Aguirre, Caleta Andrade y Estero Copa. Entre esos dos mundos insulares se mueve buena parte de esta historia.

Ese paisaje humano y costero es el que Antonia Bahamondes y Amparo Briceño quisieron seguir desde el inicio del proyecto.

El viaje antes del viaje

Antonia es socióloga. Amparo, bióloga marina. Se conocieron trabajando en investigación en Aysén, y ya habían hecho terreno en ambos sectores antes de darle forma a “El Viaje del Luche”. En esas salidas se repetía una inquietud. Buena parte de los estudios pesqueros se concentraban en merluza austral, erizo, centolla y otros recursos de alto valor comercial. Eran, además, espacios donde el trabajo de los hombres tenía mucha mayor visibilidad. Las algas quedaban a un costado, las recolectoras también. El luche ofrecía una pista.

Recolección de luche en Islas Huichas. Crédito: El Viaje del Luche.
El luche es una macroalga roja que habita la zona más alta del intermareal, sobre las rocas entre mareas. Posee un alto contenido de proteínas, vitaminas y minerales, y ocupa un lugar importante en la gastronomía chilena.

Lo encontraban en pescaderías de Coyhaique, en la Feria de Las Quintas, en la avenida Prat. Circulaba, se vendía, se comía. Faltaba seguir el camino en sentido contrario. Quién lo había cortado de la roca, quién sabía en qué marea hacerlo, quién lo llevaba a casa y quién convertía ese montón húmedo en los panes oscuros que después aparecían en la ciudad.

Llegaron a las primeras mujeres por llamados abiertos, municipios y radios. Después funcionó el boca a boca. Una recolectora recomendaba a otra. Una dirigenta advertía que faltaba alguien.

Entre mareas

El proyecto llamó “laboratorios co-creativos entre mareas” a las jornadas de terreno. En la práctica significaba salir a caminar la orilla y dejar que las recolectoras condujeran. Ellas mostraban dónde crece el luche. ¿Cuál sirve, qué color mirar, qué se deja? En ello surgió el “luche tiuque”, más amarillento. Un nombre nacido de años observando al ave. Unas lo asocian a su color, otras a haberla visto comiéndolo.

Laboratorio Entre Mareas, Puerto Aguirre. En la foto: Fresia Lincomán y María Canible, madre e hija. Crédito: El Viaje del Luche.

Luego cambiaban los papeles. Las investigadoras llevaban un microscopio y enseñaban a preparar algarios. Primero desde su uso científico, más tarde vino el ejercicio creativo. Cada mujer recibió una pregunta y trabajó con el alga sobre papel.

Valeria Cárdenas, de Puerto Aguirre, se representó sentada frente al mar, con pájaros y sol. “Primero le rezo a Dios y le agradezco esta nueva oportunidad de vivir, porque hace poco tuve un cáncer (…) soy libre de todas las cosas”, escribió.

En otra pieza, Sonia Haro dibujó su isla y pidió a recolectoras de otros lugares que “no pierdan la tradición de trabajar en el luche”. El algario había partido como una técnica para conservar una muestra. En sus manos terminó guardando otra cosa.

Las muestras guardaban diferencias de color entre Melinka y Huichas. Saber si corresponden a especies distintas conlleva un análisis genético.

De la roca a la estufa a leña

El oficio tiene una secuencia. Se espera la marea. El luche se recoge con las manos, procurando no arrancar su base, y se orea sobre las piedras. En casa hay que abrirlo, limpiar arena, conchitas y lo adherido desde la costa. A ese gesto se le llama “escarmenar”.

Después de escarmenar, el luche se acomoda y prensa dentro de moldes de hojalata que le dan forma al pan. En Puerto Aguirre varios fueron confeccionados por un hojalatero local, Víctor Figueroa. En Melinka, suelen ser de fabricación familiar. Esa diferencia se nota incluso en el resultado. Mientras unos mantienen medidas bastante similares, los otros varían de una casa a otra.

Con el luche ya dentro del molde, viene la cocción sobre la estufa. Luchita y Judith calculan unos veinte o treinta minutos por lado. Hay que vigilarlo. “Si se pasa, queda chicloso”, afirman. Una vez cocido, se desmolda y vuelve a secarse.

Lo que venden no lleva harina, es luche compactado. ¡Puro luche! No tienen una marca. Publican en Facebook o venden por recomendación. Alguien pregunta quién tiene y el nombre circula: “Donde Doña Luchita hay”, se oye como canto popular.

Quién le enseñó a quién

Una pared de la exposición reunía nombres, fotografías y recuerdos. Leída con calma, parecía un árbol genealógico sin líneas dibujadas.

Filomena Vera, la “abuelita Fillo”, tiene 94 años. Llegó desde isla Laitec, en la comuna de Quellón, Chiloé, sin saber trabajar el luche; una mujer llamada Elba le enseñó. Años más tarde hizo lo mismo con otras en Puerto Aguirre. Valeria recuerda verla preparando sus panes. Terminó aprendiendo de ella. “Cómo se mariscaba, cómo se secaba, el proceso”. Una mujer aprende de otra y, con el tiempo, enseña.

En Melinka, Luchita y Judith reconstruyen otra línea. Cuatro generaciones de la familia realizando el mismo trabajo. La continuidad, sin embargo, ya no está asegurada. La hija vincula su permanencia con una época en que salir de la isla para estudiar era mucho más difícil. Hoy los jóvenes pueden partir y formarse. Esa posibilidad abre caminos y deja saberes sin relevo.

La vida se ordenaba por temporadas. Al terminar el tiempo del luche, venían la pesca y la cholga. Mientras muchos hombres se ausentaban en otras faenas, el alga podía procesarse cerca de la casa. Para recolectarla bastaban las manos y saber dónde entrar.

El luche junto al fuego

Una cocina a leña formaba parte del montaje en el Museo Regional de Aysén. Las propias participantes habían pedido que ese espacio doméstico estuviera presente e incluso querían cocinar allí. En voz de las dos recolectoras, la cocina se desgrana en cazuelas, papas, carne ahumada, pastel, lapa y luchicán.

Judith se detiene en el luchicán. “A mí en lo personal me encanta con chorizo”, cuenta. Lo prepara a partir de un sofrito y agrega el luche, cuidando que no se cocine demasiado, para conservar su textura. También lo ha preparado con papas hervidas y carne ahumada. Entre ambas recuerdan la cazuela de cordero con luche y cilantro, ligada al verano y a fin de año, cuando, aclaran, el cordero se come con mayor frecuencia en la isla.

El fogón hacía dos trabajos a la vez. Preparaba la comida y convertía el alga en panes para vender. En varias familias, ese dinero fue bastante más que un complemento ocasional.

Sonia Haro recuerda haber comenzado alrededor de los ocho años. “De eso nos alimentamos, crecimos. Ese luche se faenaba, se vendía y con eso compraba mi mamá el resto de las cosas para poder ayudar a mi papá”. Él podía pasar dos o tres meses fuera trabajando la cholga seca. Las madres quedaban con los hijos.

La economía de esas casas se escribió, paradójicamente, a fuego desde la orilla. Una marea favorable podía convertirse, tras horas de secado, limpieza, llama y prensado, en comida o dinero para comprar lo que faltaba. El pan de luche condensaba todo ese trabajo.

La orilla se aleja

La recolección exige hoy una logística que, tiempo atrás, podía ser más simple. Hay sectores a los que ya no basta llegar caminando. Una salida puede requerir bote, combustible, tiempo y alguien que conduzca la embarcación. En invierno, además, el frío puede suspender la jornada por completo. Luchita y Judith recuerdan una época en que se movían a remo o a vela. Hoy dependen con mayor frecuencia de un timonel.

María Canible, recolectora de Puerto Aguirre. Crédito: El Viaje del Luche.

El mundo laboral del litoral también cambió. La industria salmonera ofrece un sueldo regular y emplea a integrantes de las mismas familias pesqueras. Algunos vuelven al luche, la pesca o el marisqueo durante sus descansos. En una misma casa conviven el ingreso fijo y oficios aprendidos en la costa.

Las recolectoras dicen que el luche ha cambiado y que en ciertos sectores deben ir cada vez más lejos para encontrarlo. Conviene escuchar con atención ese diagnóstico. Son mujeres que llevan años regresando a las mismas piedras, recorriendo la costa con la marea baja y reconociendo sus ciclos. Antes de cualquier instrumento de medición, está esa memoria repetida del lugar…

Saber qué había allí, cómo era, cuánto había y qué dejó de estar.

El viaje de vuelta

Coyhaique fue una elección deliberada. Antonia describe una imagen de Aysén construida durante años alrededor de la estepa, el cordero, la ganadería y el gaucho. Hacia el oeste, la región cambia de forma. Islas, canales, caletas, mareas. Con la muestra, el litoral llega a la capital regional cargado de recuerdos y saberes recogidos entre Melinka e Islas Huichas.

Para las investigadoras, el viaje también ocurre en las personas: en lo que cambia al recordar un oficio, compartirlo, enseñarlo o volver a mirarlo desde otro lugar. El equipo quiere ahora llevar la exposición hacia localidades costeras y conversa la posibilidad de hacer un documental. La pregunta quedó abierta tras lo realizado. ¿Ahora qué?

Luchita y Judith en la exposición de El Viaje del Luche, Museo Regional de Aysén. Foto: Lucas Avilés.

En Melinka la marea seguirá bajando. Si el tiempo acompaña, Luchita, Judith prepararán los canastos, subirán al bote y llevarán algo para comer. Quizás vayan los perros. Buscarán una isla, mirarán las rocas y decidirán dónde bajar.

Mientras haya recolectoras que sigan volviendo a esas piedras, habrá una forma de luchar por el luche.

En Islas Huichas, protagonizan este proyecto: María Canible, Carmen Tavie, Valeria Cárdenas, Norma Guichapani y Filomena Vera. Y desde Melinka, sus protagonistas son Sonia Haro, Emilia Obando, Judith Maripillán, Luisa Llancalahuén, Guillermina Lepio, Marta Aguero y Mariluz Ruiz. También participa Ofelia Guichapani, quien comercializa luche en Coyhaique y Fresia Lincomán de Puerto Aguirre.

 

 

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