La investigación “La resurgencia de los comunes en el Antropoceno Azul en Chile” da cuenta de cómo las comunidades locales defienden los bienes comunes marinos. Mientras una nueva investigación busca analizar cómo se relacionan los colectivos humanos con el desecho plástico que inunda las costas del país.
El mar chileno es el espacio de vida y el sustento de comunidades que hoy enfrentan un cambio global profundo. Para entender de cerca cómo la huella humana está transformando nuestras costas en la era del “Antropoceno Azul” (concepto que describe los profundos impactos de la actividad humana en los océanos), entre los años 2021 y 2025, un equipo de científicos investigó el litoral de seis regiones del país: Atacama, Coquimbo, Valparaíso, O’Higgins, Los Lagos y Aysén.
Este trabajo se desarrolló en el marco del proyecto Fondecyt “La resurgencia de los comunes en el Antropoceno Azul”, financiada por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) y liderada por el Dr. Francisco Araos, del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile, junto a los investigadores, Débora de Fina González de la Universidad de Playa Ancha y Jeremy Anbleyth-Evans de la Universidad de Aberdeen, quienes lograron tomar el pulso de estas dinámicas socioambientales, recordándonos que el futuro del océano también es el nuestro.

A través de metodologías como la etnografía, el mapeo participativo y la ciencia ciudadana, el estudio reveló una acelerada degradación costera y el surgimiento de profundos conflictos socioambientales. En el norte del país, se evidenció la tensión entre megaproyectos mineros y portuarios frente a los maritorios ancestrales del Pueblo Chango, quienes hoy utilizan herramientas como la Ley 20.249 (Ley Lafkenche) para reclamar su derecho a incidir en el territorio. En la zona central, la presión inmobiliaria y turística no solo restringe el acceso a las playas para pescadores y deportistas, sino que fragmenta ecosistemas sensibles, transformando espacios que antes eran de uso colectivo en propiedad privada. Finalmente, en la Patagonia norte, la investigación reveló cómo la expansión de la salmonicultura ha fragmentado el tejido social y ha contaminado canales y fiordos.
Para enfrentar este complejo escenario, diversos colectivos y comunidades a lo largo de Chile se organizan bajo lógicas de cuidado, activismo y protección de sus bienes comunes marinos. Ejemplo del resguardo de estos bienes comunes, son los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO), creados por la Ley Lafkenche el año 2008, marcando un hito, al reconocer los derechos colectivos de uso y de conservación del maritorio a comunidades indígenas.
Acciones colectivas con enfoque de género y usos comunitarios del mar
A través del nado salvaje en Concón, el colectivo de mujeres “Las Chungungas” manifiesta otra forma de habitar y proteger el océano. La práctica de nado en aguas abiertas les permite coexistir con las especies que lo habitan y actuar como guardianas de su defensa, dando un sentido político y afectivo al vínculo cotidiano que mantienen con la naturaleza.
Para Javiera Espinoza, magíster en geografía, cofundadora de la ONG Aula de Mar e integrante de este colectivo, el auge de los grupos de nado es un fenómeno de gran relevancia, ya que el acto de sumergirse en el mar fomenta el conocimiento y el compromiso con el cuidado del ecosistema. Javiera explica que, al habitar y ocupar habitualmente estos espacios, las personas desarrollan un sentido de apropiación que deriva naturalmente en su protección. “Al final, quienes nadamos nos transformamos en bioindicadores. Si un emisario vierte aguas contaminadas, los primeros en detectar y alertar son los nadadores o quienes realizan actividades náuticas en el lugar”.

Según su relato, este tipo de vigilancia ciudadana ha tenido impactos concretos, como lo ocurrido en Caleta Abarca, Viña del Mar y en Concón, donde los grupos de nado denunciaron la presencia de aguas contaminadas y organizaron convocatorias para visibilizar el problema, surgiendo un activismo ambiental de carácter territorial, vinculado al entorno y al cuidado de la costa local.
Respecto al aporte de “Las Chungungas” a la resurgencia de los bienes comunes, Javiera destaca el impacto de abordar la conservación marina desde una perspectiva de género. “Hay algo súper bonito en la divulgación de la conservación marina y en la importancia de cuidar estos espacios y estos lugares, que además abren la posibilidad a que otras mujeres puedan volver al agua desde la empatía y el cuidado. Yo creo que es importante esa resurgencia de los comunes, que es en el fondo el acceso a la mar y a nadar”.

Asimismo, entre los casos de usuarios comunitarios del mar se encuentran comunidades indígenas asociadas a la Red de Mujeres por la Defensa del Mar, un tejido conformado por mujeres de once territorios desde Atacama hasta Magallanes, que trabajan por la gobernanza y defensa del mar, los espacios costeros marinos de pueblos originarios y la transmisión de conocimientos, prácticas y espiritualidades ancestrales vinculadas a sus territorios. Esta red se ha posicionado como un referente del activismo socioambiental de los pueblos originarios costeros y demuestra una nueva forma de hacer política y construir autonomía territorial. (ver artículo aquí)
Ciencia ciudadana y recuperación de la memoria
Los Centinelas Comunitarios son una iniciativa de ciencia colaborativa, que actualmente se desarrolla en Carelmapu (región de Los Lagos) y en Pichilemu (región de O’Higgins), donde las comunidades y organizaciones locales monitorean los impactos de los procesos de expansión industrial y urbana, de la sobrepesca y la invasión de especies exóticas, además de relevar y localizar conocimientos, prácticas y sitios de relevancia para la mantención de los modos de vida locales.
José Molina es coordinador de la Asociación de Comunidades Indígenas de Carelmapu y miembro de los Centinelas Comunitarios en la misma localidad. Para él, uno de los principales resultados de esta experiencia ha sido la revalorización del territorio y del espacio natural donde habitan.
“Nos hemos vuelto observadores de lo que sucede en el territorio, en los ecosistemas y, junto con eso, hemos realizado un monitoreo sociocultural, por medio del cual hemos rescatado harta memoria de los adultos mayores, especialmente sus conocimientos en base al territorio, lo que nos ha permitido tener una visión de cuáles son las riquezas naturales y culturales que poseemos”, explica Molina.

El trabajo partió desde lo cotidiano. Según relata José, “comenzamos utilizando herramientas sencillas como WhatsApp. Íbamos a un lugar, y si veíamos algo interesante, tomábamos una fotografía, armábamos un pequeño relato y registrábamos la ubicación. Fue un proceso muy valioso desde el punto de vista de la ciencia y la tecnología que empezamos a implementar”.
Gracias a este levantamiento de información, hoy las comunidades pueden identificar con claridad las amenazas a las que se exponen. Una de ellas es la expansión inmobiliaria en el borde costero, que impacta a ecosistemas de alta sensibilidad y fragmenta el acceso a la playa. Estos espacios, que históricamente fueron comunes, hoy restringen el paso de los habitantes, impidiendo actividades tradicionales como la recolección y el marisqueo, alterando la identidad y la forma de vida de las comunidades que ahí habitan.
Más allá de las alertas, Molina valora la iniciativa como un puente entre distintas formas de entender el mundo. “Ha sido un encuentro donde ha existido un diálogo desde el conocimiento indígena con el conocimiento científico de la academia, que se han conectado muy bien para revalorizar el conocimiento local y particular de cada territorio”.
Para el coordinador, Centinelas Comunitarios, “ha sido una experiencia maravillosa y enriquecedora, mediante la cual estamos recopilando una gran cantidad de información para dejarla registrada y compartirla con el resto de la comunidad y las futuras generaciones”, concluye.
Más al sur, en la localidad de Buill, ubicada en la península de Huequi, en la región de Los Lagos, la recuperación de la memoria adoptó una forma física y comunitaria: la reconstrucción de un corral de pesca de varas, un arte de pesca precolombino que ha dejado de utilizarse producto de las regulaciones, la escasez de recursos y la pérdida del tejido social comunitario.

Juan Catín es presidente de la comunidad indígena de Buill, que lidera la solicitud del Espacio Costero Marino de los Pueblos Originarios (ECMPO) Weki-Wil y uno de los principales impulsores de la reconstrucción del corral. El proceso comenzó a fines del 2024 de manera colaborativa y ha permitido rescatar la memoria local y los conocimientos vinculados a sus prácticas ancestrales en el maritorio. En la actualidad, el corral constituye un hito fundamental y se utiliza en instancias de educación ambiental, monitoreo socioambiental, turismo comunitario y festividades locales.
Sobre la construcción, Juan recuerda que “se unió la gente de la comunidad para hacer las mingas los días que acordábamos, porque se trabajaba con las mareas, que dan el espacio de tiempo justo para ejecutar el trabajo. Todo esto lo fuimos haciendo en diálogo con las familias y resultaron jornadas bien ricas en conocimientos y aprendizaje, porque logramos unir a la gente mayor y ellos contaron sus relatos de cómo vivieron esos procesos en el tiempo en que realmente funcionaban los corrales de pesca”.
Juan relata que en un principio, la reconstrucción del corral serviría para comprobar si esta técnica ancestral aún servía para capturar peces. Sin embargo, al no obtener resultados, la comunidad comenzó a cuestionarse por qué el mar ya no respondía en un lugar que en el pasado fue generoso. De esta forma, aunque el corral ya no cumple su función de sustento; se ha erigido como un potente diagnóstico ambiental que evidencia las huellas que las actividades industriales y extractivas han provocado en los ecosistemas marinos.
“Si uno hace el análisis de por qué ya no hay peces en este lugar, la respuesta es llanamente el extractivismo que se ha generado de forma masiva a través del tiempo. Hoy en día, entre la contaminación de la industria y la pesca de arrastre que ha ingresado a estos fiordos, es muy poco lo que nos va quedando. En los años 90 nosotros agarrábamos jureles en el muelle con bandejas, pero hoy los jureles ya no están en el fiordo, no los pillas acá y hay que salir a mar abierto para buscarlos”, explica el líder comunitario.
El nuevo desafío: Hacia una antropología de la polución marina
La crisis ambiental en las costas chilenas no solo se manifiesta en la pérdida de biodiversidad o la privatización del litoral, sino también en la presencia persistente del plástico. Los investigadores estiman que aproximadamente el 80% del plástico que llega a los océanos proviene de ríos que transportan desechos urbanos de grandes ciudades, mientras que el 20% restante es resultado de desechos industriales generados por actividades pesqueras y acuícolas.
Para dar continuidad y un nuevo enfoque a la investigación sobre la resurgencia de los comunes, el Dr. Francisco Araos lidera actualmente el proyecto Fondecyt “Un océano plástico: hacia una antropología de la polución marina en el Antropoceno”. Junto a la co-investigadora Florencia Muñoz (Universidad de Playa Ancha) y el co-investigador Ricardo Álvarez (Universidad Austral de Chile), este equipo busca analizar cómo se relacionan los colectivos humanos con el desecho plástico que inunda las costas del país.
Para ello, explorarán y registrarán las diversas formas que tienen las personas de relacionarse con los plásticos marinos, desde la reutilización de la basura salmonera en la Patagonia norte, las campañas de limpiezas de playas en la zona central de Chile, hasta el monitoreo de microplásticos submarinos en el archipiélago de Humboldt. Al igual que en la investigación sobre la resurgencia de los comunes en el Antropoceno azul, este estudio pone el foco en la capacidad de agencia de las personas, donde las comunidades y organizaciones locales no solo son testigos de la contaminación, sino que se articulan para abordar la problemática mediante la reutilización, recolección y el monitoreo de los impactos en sus territorios.
“Creemos que las respuestas que se han dado para resolver el problema del plástico, en general han tenido una mirada más simplista, entendiéndolo como un residuo que hay que recolectar, que hay que desechar o que hay que eliminar, sin comprender las diversas relaciones que tienen las personas con estos desechos. Entonces, creemos que a partir de nuestro trabajo podemos contribuir a una comprensión integral del problema y a buscar soluciones que se adecúen a los diversos contextos. Porque si uno piensa en el problema del plástico en la región de Valparaíso, como plástico de un solo uso o un desecho, es distinto al plástico que está dando vueltas en la costa de Puerto Montt”, comenta el investigador.
La “Cultura del Plástico Rural” en la Patagonia
Como se mencionó anteriormente, en la localidad costera de Buill, la promesa de prosperidad traída hace tres décadas por las industrias del salmón y los choritos dio paso a playas y fiordos cubiertos por desechos industriales. Ante este abandono socioambiental, habitantes de origen mapuche-williche, como Juan Catín y su familia, han transitado de una cultura material históricamente basada en la madera y fibras vegetales hacia una “cultura del plástico rural”. Hoy en día, los pobladores recolectan y transforman el nylon arrojado al mar y las boyas industriales para fabricar de forma artesanal sus propias herramientas de trabajo, como canastos para mariscar, además de cercos domésticos, juegos infantiles e incluso embarcaciones.
Según explica Juan, el nuevo uso que le están dando a los desechos plásticos responde a mitigar el impacto que estos generan y encontrar una utilidad a un material que tardará siglos en degradarse. “El plástico sigue siendo plástico. O sea, va a seguir causando el daño que ha provocado siempre. Sin embargo, bajo mi perspectiva, si podemos darle una utilidad, hay que hacerlo”, afirma.
Esta integración ha surgido de forma espontánea entre los habitantes locales, quienes han aprendido incluso a soldar el plástico para construir desde cercos hasta embarcaciones pequeñas. Según relata, para muchas personas resulta más económico recolectar el plástico en las playas y fabricar embarcaciones de pequeña movilidad que costear la madera con la que antes realizaban este tipo de trabajos.
Respecto a la capacidad de resistencia de su comunidad, Juan advierte que la presión industrial podría provocar que los habitantes se vayan. Sin embargo, “nuestra cultura ha ido resistiendo más que adaptándose a lo que nos está impactando y lo enfrentamos transformando el mismo desecho que nos daña, porque sabemos que si no lo hacemos, seremos nosotros mismos quienes moriremos tapados en basura”.
Limpiezas ciudadanas en la zona central
Mil kilómetros al norte de Buill, en la desembocadura del río Maipo (comuna de San Antonio), la relación con el plástico adquiere un matiz de activismo socioambiental. Colectivos locales, como la Fundación Ojos de Mar, se movilizan constantemente en jornadas de limpieza de playas para mitigar la incesante llegada de botellas y bolsas plásticas arrastradas por el río o descartadas por la intensa actividad de los buques mercantes del puerto.

“El plástico de un solo uso, como bolsas y embalajes, es lo que podemos encontrar en la región de Valparaíso, por la cercanía de las grandes zonas urbanas del país y por el arrastre de las dos desembocaduras que queremos estudiar, Aconcagua y Maipo. Mientras en esta región existe una lógica de contaminación y descontaminación, donde grupos activistas se movilizan en limpiezas de playas, en la zona sur existe una condición que está mucho más asociada a la reutilización del plástico; sigue siendo un desecho contaminante, pero esa propia maleabilidad y los atributos que tiene permiten que en un lugar sea un problema ambiental asociado al desecho y, en otro, una potencial materia prima que genera oportunidades para la habitabilidad”, explicó Araos.
Monitoreo de microplástico submarino en el norte de Chile
Tras centrarse en el plástico costero y los fragmentos visibles durante los primeros años, el foco del estudio se trasladará hacia el microplástico submarino en la región de Atacama, específicamente en zonas como la isla Chañaral de Aceituno, donde el buceo científico y recreativo ofrece una oportunidad única para entender la interacción humana con los residuos bajo el agua.
Al respecto, el Dr. Francisco Araos señala que, “si bien hay datos desde las ciencias ambientales, desde las ciencias sociales es muy poco lo que se sabe”, por lo que buscan comprender qué ocurre con las personas y los buceadores frente a esta amenaza invisible. Más allá de Atacama, el estudio proyecta exploraciones iniciales hacia Juan Fernández, Rapa Nui y el sudeste asiático para entender el impacto del plástico en las islas oceánicas y el mar abierto, “porque ahí la dinámica cambia, nos encontramos con la circulación global de plásticos, a nivel planetario y, en el caso del sudeste asiático, nos interesa ver qué están haciendo, ya que es uno de los lugares con mayor producción y contaminación por plásticos en el mundo”.

Tecnología y saberes locales
El proyecto contempla, además, una alianza estratégica con el Fab Lab de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, un laboratorio de innovación tecnológica, abierto a la comunidad, que impulsa ciencia y tecnologías para el bienestar socioambiental.
A través de esta colaboración, se implementará una metodología para el desarrollo de innovaciones tecnológicas que respondan de forma directa al problema del plástico en los territorios. Este trabajo conjunto explorará la creación de nuevas materialidades a partir de los desechos, técnicas para la reutilización del material o la fabricación de sensores para el monitoreo de plástico o microplásticos.
El equipo de investigadores y los profesionales del laboratorio trabajarán con las organizaciones locales implicadas en el estudio. El objetivo es codiseñar estas soluciones tecnológicas, aplicarlas y prototiparlas en los mismos territorios, poniendo a prueba herramientas reales y tangibles que permitan explorar las posibilidades de solución al problema.
Finalmente, el estudio, busca deconstruir la mirada unívoca que asocia los plásticos únicamente con la devastación absoluta, permitiendo encontrar formas creativas, resilientes y culturalmente apropiadas para responder a la crisis oceánica, demostrando que el destino de los maritorios se define de manera colectiva y con la contribución de los saberes locales.
“Las comunidades están respondiendo al Antropoceno y a la crisis ambiental, de manera colectiva, activa y también creativa. Muchas de las potenciales soluciones o respuestas a esas crisis ambientales ya están siendo desarrolladas por comunidades y organizaciones. Entonces, el desafío actual es cómo podemos apoyar y sostener estas acciones y su escalamiento. Es decir, que se puedan transformar en políticas públicas o en soluciones que puedan ser implementadas en otros sitios a lo largo del tiempo”, reflexionó Araos.

