A todas las une un profundo vínculo con el mar; son de diversas edades, diferentes pueblos originarios, lenguas y culturas. Pero todas ellas se han entrelazado con la misión de proteger y resguardar el borde costero y sus tradiciones.
Un tejido conformado por mujeres de once territorios desde Atacama hasta Magallanes, pertenecientes a los pueblos diaguita, chango, mapuche lafkenche – williche, kawésqar y yagán, trabajan por la gobernanza y defensa del mar, los espacios costeros marinos de pueblos originarios ECMPO, y la transmisión de conocimientos, prácticas y espiritualidades ancestrales vinculadas a sus territorios.
Su red está organizada por once coordinadoras territoriales a lo largo del país; una de ellas es Pérsida Cheuquenao Aillapán, representante del territorio de Trewako en la región de La Araucanía, quien además forma parte de la organización indígena mapuche “Identidad Territorial Lafkenche”, donde colaboró en impulsar la Ley 20.249, promulgada en 2008, que permite la creación de Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO).

El territorio que coordina se compone por mujeres jovencitas hasta algunas mayores, dice. “Cada mes nos reunimos para ver qué nos falta. Llevamos ya casi cuatro años organizadas como Red de Mujeres, donde todas las coordinadoras tenemos voces iguales y podemos defender nuestro territorio de un lugar a otro, sin jerarquías. Aquí, todas tenemos la oportunidad de conversar y dar a conocer lo que hoy nos afecta como pueblo”, señala.

Nacieron a partir de un encuentro realizado en marzo de 2022 en Caleta Pichicolo, Hornopirén, luego de meses de trabajo colectivo en la elaboración del libro “Mujeres del Mar: Aproximaciones a los espacios costeros marinos de pueblos originarios”. En ese espacio reconocieron el rol esencial de las mujeres en la defensa territorial y cultural de los espacios costeros marinos.
Durante el mismo año, se conforma la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar. Desde entonces han crecido y fortalecido su articulación gracias a la participación y compromiso de mujeres de distintas edades, pueblos, territorios y lenguas.
Desde la región de Atacama, Delia Núñez Véliz coordina el territorio de Punta de Lobos. Su vida, repartida entre la labor de profesora y sus oficios como buza, pescadora y recolectora de orilla, representa la voz del pueblo diaguita costero. “Para nosotras, como diaguitas, el primer gran desafío es el reconocimiento; que el mundo entienda que existimos los diaguitas de la costa, señala.
Su labor como presidenta de la comunidad diaguita y de las y los educadores tradicionales del Huasco está centrada en la revitalización de su cultura, específicamente de su lengua, además de integrar en el consciente colectivo la existencia del diaguita de la costa, asegurando que sean los propios pueblos originarios quienes narren su historia.
Más al extremo sur, se encuentra Haydée Águila Caro, oriunda de Puerto Natales, actualmente radicada en Punta Arenas, desde allí coordina el territorio kawésqar. Se dedica hace más de 30 años a la artesanía, específicamente a la cestería tradicional que envuelve a la cultura kawésqar. Para ello utiliza chapas o junquillo, una fibra vegetal que sirve de materia prima para esta milenaria tradición.
“Estoy rescatando los puntos que corresponden a nuestro pueblo y que se han ido perdiendo, porque por allá por 1800, fue extraído mucho material de los pueblos originarios de todo Chile que quedó en los museos. Como todo artesano, tenemos que tener la memoria del pasado para poder dejarla al presente”, destaca Haydée.

Distintos pueblos, un mismo mar
Según explica Delia, todos los pueblos originarios comparten una conexión especial con la naturaleza. Bajo esta mirada, todas conciben al mar como un ser que tiene vida y que, a su vez, la entrega. “Todas queremos proteger nuestro mar, independiente de que, por ejemplo, el pueblo mapuche tenga una creencia o un nombre distinto. Para todas nosotras el mar no es un elemento, es alguien que tiene vida y espíritu, es un dios y todas estamos conectadas con eso”.
Por su parte, Pérsida señala que “La tierra me da lo que yo siembro y lo que produce el mar lo tengo que cuidar porque ahí yo no cultivo, no siembro, sino que el mar me da, me regala, me prospera. De acuerdo a eso, tengo que respetar, resguardar y conservar. Son dinámicas distintas entre tierra y mar, pero ambas se complementan para la existencia del ser humano”.
Añade que su conexión con el mar es más espiritual. “Nosotras, como mapuche, cuando se nos muere nuestro viejito, nuestra familia, decimos: Al otro lado del mar, está nuestro ser querido. Entonces, el mar, más allá de ser una zona productiva, es también algo espiritual. Hoy día, yo miro el mar, veo que mi papá, mis abuelos están al otro lado del mar esperando. Al otro lado del mar está el espíritu de mi familia”, explica.
Haydée, cuando se refiere a su vínculo con el mar, lo aborda desde la totalidad. “Mi gente kawésqar, somos canoeros y somos de mar. Yo tengo el ochenta o noventa por ciento de mar dentro de mi ser; mi “jenak”, mi corazón, también es mar. Todo se relaciona con nuestro mar porque, si bien hoy como kawésqar nos expulsaron de la mar, seguimos haciendo cultivo desde la tierra. Me refiero al cultivo de la artesanía, a la recolección y a la memoria de este oficio, que es parte de nuestro ser y de nuestras aguas también”.

Esta recolección de la que habla Haydée se traduce en una botánica y una despensa marina que sostienen la vida en los territorios. A la orilla del mar, Pérsida identifica una decena de plantas medicinales, junto a frutos silvestres como el calafate y la murtilla. Esta relación no es extractivista, sino de cuidado; recolectan solo lo necesario para el consumo y la subsistencia. “Por lo mismo defendemos nuestro espacio, porque todo eso se rompería si se instalara un puerto o una industria”, afirma.
Trabajo actual de la red
Hoy, la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar actúa como un frente de resistencia, y como un motor de revitalización cultural y política. Su labor se despliega en múltiples dimensiones: desde el monitoreo constante de los territorios hasta una incidencia activa ante los tomadores de decisiones.
Para ello, se encuentran levantando los oficios ancestrales a través de su escuela de formación “Conocimientos del mar, formación para la defensa de los territorios”, entendiendo la importancia del traspaso de conocimiento desde las mujeres a las nuevas generaciones. Al mismo tiempo, se encuentran monitoreando los territorios y revitalizando las lenguas que están en un estado muy delicado. Todo esto lo están tejiendo como red, articulando acciones para lograr incidir ante los tomadores de decisiones desde el ámbito político y legislativo.
Un ejemplo reciente fue la implementación de un taller de mapudungun en el territorio que coordina Pérsida en la región de La Araucanía, a petición de las mismas mujeres, quienes ven en la lengua ancestral una herramienta para recuperar el propio conocimiento y fortalecer la defensa de su territorio.

Créditos: Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar | Fotógrafa: Graciela Escorza Paredes.
El programa “Monitoreo Biocultural Comunitario”, que se realiza en los diferentes territorios que componen la Red, es una herramienta estratégica para fortalecer la gobernanza local y la defensa territorial de los espacios costeros marinos. El último de ellos se realizó en Chañaral de Aceituno, región de Atacama, en el territorio asociado a los ECMPO Tifuka y Caleta Vieja, un espacio de profundo valor cultural, ecológico y tradicional para el pueblo Chango. Allí se analizaron fuentes de agua mediante la medición de parámetros como pH, dureza y nutrientes, generando información técnica clave que fue integrada con los saberes ancestrales de la comunidad.
Defensa del borde costero
Hoy, ante las amenazas de modificación a la Ley 20.249, que protege los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO), La Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar se posiciona en la primera línea de defensa de sus territorios. Son guardianas del mar, protectoras de la vida marina y defensoras de los derechos colectivos de sus pueblos.
“Es la única forma de mantener nuestra forma de vida porque nosotras nunca vamos a navegar como antes, pero sí podemos darle más vida al espacio de la mar que hoy en día está siendo violada y maltratada. Entonces, sí son importantes los ECMPO para nosotras, porque es lo único que en este momento nos está resguardando como pueblo, y a todos los pueblos, no solamente a nosotras”, enfatiza Haydée.

Una sola ola de fuerza
Haydée profundiza en la idea de que las mujeres de la Red forman un solo cuerpo. “Hoy nos están expulsando del seno del mar; nos quieren dejar en la orilla, mirando nuestra propia costa desde afuera. Por eso es importante que nosotras, las que formamos parte de esta Red seamos una sola ola de fuerza. Somos todas mujeres luchadoras, desde las once coordinadoras hasta aquellas que están en silencio detrás de nosotras. Sin su sabiduría, nada de esto sería posible. Estamos aquí para salvaguardar la memoria que no se habla, que no se dice; por eso es importante que sepan que no estamos solas. Desde el primer punto del territorio hasta el último, somos todas iguales.”
Como bien sostiene Delia Núñez, la riqueza de la Red radica precisamente en que cada mujer defiende el mar desde su propia mirada, ya sea desde lo medicinal, lo espiritual o desde esa conexión esencial del ser humano con lo no humano. Para Delia, el crecimiento de este espacio colectivo se basa en la validación de esas distintas perspectivas; entendiendo que, aunque los puntos de partida sean diversos, todas las visiones son legítimas y necesarias. Es esa suma de saberes respetados lo que permite que la Red se fortalezca y se nutra de la diversidad de sus integrantes.

