Catalina es bióloga marina, divulgadora científica, cofundadora de la Fundación Mar y Ciencia y doctora en Ciencias Antárticas y Subantárticas de la Universidad de Magallanes. Además, es instructora de buceo y exploradora de National Geographic, roles que la han consolidado como una de las figuras más influyentes en la protección del océano en Chile.
Su carrera en la comunicación de la ciencia incluye la publicación de tres libros: Vida sumergida (2021), Navegantes ancestrales (2024) y Oceánica (2025). También es creadora de los juegos de mesa Heroínas oceánicas (2023) y Refugio Kelp (2025), ambos financiados por el Fondo Ciencia Pública del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación.
Actualmente, se prepara para el lanzamiento de su cuarto libro en mayo, una obra dedicada a desmitificar y poner en valor el mundo de los tiburones.
Vida en México
Hace cuatro años, lo que comenzó como unas vacaciones de buceo en Cozumel se transformó en el inicio de una nueva etapa de vida para Catalina Velasco. Tras encontrarse bajo el agua con una raya águila de dos metros, la bióloga, que terminaba su doctorado y buscaba nuevos horizontes, decidió establecerse en el Caribe mexicano para liderar proyectos de educación ambiental, donde trabajó con comunidades locales, escuelas y campamentos tortugueros.
Hoy, tras un proceso de independencia y especialización en la instrucción de buceo y de la fotografía submarina, Catalina vive un periodo de convergencia profesional, donde integra su sólido background científico con el ecoturismo y las actividades no extractivas. En esta etapa de transición, sus roles como instructora de buceo, colaboradora en la nueva Cooperativa de Prosperidad Marina y Buceo de Cozumel y su labor en la Fundación Mar y Ciencia, se entrelazan para dar vida a proyectos principalmente con las comunidades locales.
¿En qué momento decidiste que tu oficina no sería un laboratorio y te enfocaste en la divulgación científica?

Cuando vi que nadie estaba hablando del mar en biología marina. Cuando entré a la carrera fue cuando descubrí literalmente el océano, que no podemos vivir sin él, que sustenta y sostiene las dinámicas ecológicas, tanto en la tierra, como en el mismo océano.
Como es tanto lo que hace el océano por nosotros, y a veces, tan poca la importancia que le damos, dije: “No, tenemos que hablar más del océano, tenemos que tenerlo más en el presente, en el colectivo”. Y ahí es cuando empecé con la comunicación científica, con la educación ambiental, a mostrar lo que hay bajo el agua y a contar por qué es tan importante. Y para eso, el paper es fundamental, porque es la base científica, es nuestra línea base para entender el mundo, pero llega a un grupo súper específico de la población, que son los mismos científicos, porque está en un lenguaje muy técnico.
Leyendo un paper, tú no dices: “¡Guau, qué increíble el bosque de algas!”. No, eso te lo tengo que narrar de una forma en que tú empatices con lo que está ocurriendo. Y por eso la comunicación científica, la divulgación, es tan poderosa y también tan necesaria, porque es lo que hace conectar con la ciencia a un nivel más emocional.
¿Cuál es el mensaje que intentas que sea transversal a todos tus libros y cómo decides qué temas del océano se cuentan mejor a través de un libro y cuáles requieren la interactividad de un juego?
Yo creo que un tema central en cualquier producto de divulgación que yo haga, ya sean libros, juegos de mesa o lo que sea, es que la salud del océano y la salud de la humanidad están intrínsecamente, indiscutiblemente y eternamente conectadas. Nuestra salud depende de la salud del océano. O sea, gracias al océano literalmente estamos vivos.

La herramienta que escoja para divulgar va a depender del público al que quiero llegar, porque yo no quiero convencerte de que leer es divertido. Si a ti no te gusta leer, pero te gustan los juegos de mesa, voy a tratar de meterte esa ciencia de contrabando a través del medio que te gusta. Entonces, si yo me quedo solo escribiendo libros, voy a llegar a un público súper específico, que son a quienes les gusta leer y además les gusta leer sobre temas de naturaleza o de divulgación científica.
Hemos hecho muchísimas cosas, como exposiciones fotográficas que han itinerado en centros comerciales, en museos y en las propias universidades. Entonces, llevamos la ciencia a las personas. Una vez hicimos una exposición fotográfica de los naufragios que hay en el Estrecho de Magallanes y fue muy lindo ver en los libros de visitas el recibimiento y lo agradecidas que estaban las personas, sobre todo porque pensaban que en Magallanes casi no había vida bajo el agua, al ser todo tan frío, tan gris, tan extremo. Entonces, ven esas fotos submarinas llenas de animales súper coloridos, de bosques de algas imponentes, y les muestras una realidad que desconocían. Tú no los obligaste a ir al museo, les pusiste la exposición ahí en el mall.
En mayo vas a lanzar un cuarto libro, ¿de qué se trata?
Es el tercer libro que hago con La Pollera Ediciones y es sobre tiburones. Lo vamos a lanzar en mayo, para el Mes del Mar. Creo que ya tiene título definitivo; por ahora es Asesinos despiadados: ¿por qué enamorarnos de los tiburones? Es un libro que trata de desmitificar un poco al tiburón como esa “máquina de matar”, repasando su historia evolutiva y cómo este proceso ha generado especies tan perfectas como son los tiburones actuales. Es decir, los tiburones sienten el mundo de maneras que nosotros no terminamos de comprender; ya quisiéramos, algún día, percibir el mundo como ellos. Tienen un GPS integrado, pueden percibir los campos eléctricos, los impulsos y los campos electromagnéticos. Pueden escanearte, leerte y percibirte de formas que nosotros no; superan nuestras capacidades sensoriales.
¿Por qué crees que conocemos tan poco de los océanos? ¿Por qué, viviendo en un territorio tan extensamente oceánico, no nos vinculamos?
Yo creo que se unen dos factores. Uno, que nos creímos mucho la idea de que somos seres terrestres, cuando en realidad somos seres oceánicos. Estamos nadando desde antes de nacer, pero siempre hemos tenido esta tendencia de mirar tierra adentro.

Por otro lado, hay una desconexión generalizada con la naturaleza. Ya no solo no estamos mirando al mar, sino también la cordillera, los ríos. Debemos volver a reconectar con la naturaleza para poder empatizar con ella; si comprendo que la salud de un bosque o un río contribuye a mi propia salud, es más fácil que empatice.
En ese sentido, las pantallas, las redes sociales, también han jugado un rol, porque cada vez nos abstraemos más. Se trata de reentendernos como seres naturales. Pero eso también es un gran desafío, porque implica cambios de paradigma humano y cambios en nuestro sistema económico también.
Creo que reconectarnos literalmente con la naturaleza es el primer paso. Por eso yo me hice instructora de buceo. No hay nada más lindo que llevar a una persona bajo el agua por primera vez y mostrarle que, cuando hablamos de conservar el océano, hablamos de eso que está sintiendo al envolverse literalmente en él. Te cambia la vida, las personas salen del agua con otro switch”.

Sobre tu expedición con National Geographic, ¿qué secretos guardan los ecosistemas del sur de Chile que el resto del país ignora?
Patagonia es vital y muchas personas dicen que es un laboratorio natural, y es cierto, porque tiene características muy particulares, que tienen muy pocas zonas del mundo en general. Por ejemplo, la zona de fiordos y canales. Ahí tenemos zonas en las que confluyen, de partida, tres océanos: Atlántico, Pacífico y Austral. Entonces, tenemos aguas que convergen, muchas de ellas que vienen muy cargadas de nutrientes que propician una biodiversidad increíble.

Además, están las condiciones de temperatura y de sustrato de fondo rocoso, que propician la aparición de los bosques de macroalgas. Aunque están presentes en casi toda la costa de Chile y en muchas costas del mundo, en Magallanes poseemos los bosques de algas más estables del mundo. Y esos no son estudios muy antiguos, son bastante recientes. La doctora Alejandra Mora es una de las pioneras en Chile en hacer estos mapeos, al analizar los mapas de los bosques de algas actuales y compararlos con, por ejemplo, la expedición de Darwin en el Beagle. Entonces, ella ha tomado todas estas anotaciones, todos estos mapas y ha podido llegar a la conclusión de que los bosques de algas se han mantenido prácticamente iguales.
En Magallanes tenemos este refugio climático, donde las aguas superficiales se han logrado mantener estables y frías, lo que ha propiciado que se mantengan los bosques de algas, que a su vez aumentan la biodiversidad local. Los bosques de algas son muy importantes, y yo creo que ese es uno de los secretos mejores guardados que tiene Patagonia, su rica biodiversidad submarina.
En este Mes de la Mujer, ¿qué científicas, buceadoras o mujeres de comunidades costeras han moldeado tu forma de entender el mar?
Varias. Tengo la fortuna de haber sido instruida en mi carrera de biología marina y como instructora de buceo, por grandes mujeres. Por ejemplo, mi primera instructora de buceo fue Mery Salazar, de Valposub. Después, quien me hizo instructora de buceo fue Lian Cheng, de Cozumel, también una tremenda mujer de mar. En ambas he visto mucha fuerza, esa fuerza de la mujer de mar, que lamentablemente siempre tiene que demostrarles a sus pares hombres que se la puede, que está en igualdad de condiciones.
Y en el ámbito de la divulgación científica, están Carla Cristi y Carolina Sagal, ambas biólogas marinas que cofundaron Fundación Oceanósfera. Por un lado, a mí me encanta Fundación Oceanófera, pero además, ellas como mujeres me han inspirado mucho. Son personas muy buena onda también, con las que tú puedes conversar de lo que sea, no solamente del océano. Claro que cuando conversas con ellas del océano, es super inspirador, pero también puedes estar hablando de sus sueños, de sus motivaciones, y te das cuenta de que tienen caminos no tan distintos a los tuyos.
¿Crees que existe una mirada femenina o una sensibilidad distinta al momento de abordar la conservación marina en las mujeres?
Sí, casi todas mis colegas en la divulgación científico-oceánica son mujeres. Creo que tenemos esta forma de gestar ideas y proyectos, que es más desde la empatía, desde la cultura del cuidado. Tal vez también por nuestra naturaleza gestante, percibimos la naturaleza de otra forma o nos conectamos más con la naturaleza, y por lo tanto, empatizamos y luchamos más por su cuidado.
Lo que no quiere decir que no haya nombres que también lo hagan. De hecho, Felipe Pizarro ha sido mi colega toda la vida con la fundación Mar y Ciencia y es muy grato trabajar con él, y él hace que las cosas pasen. Pero si tú ves cómo se mueve el panorama de la conservación en Chile, te vas a dar cuenta de que mayormente está liderado por mujeres.

Tratado de Altamar
¿Qué crees tú que significaría para la comunidad científica y para la identidad de Chile como nación oceánica, que Valparaíso se convirtiera en el centro administrativo de la protección del mar global?
Sería un hito relevante para Chile y para todo el Cono Sur, porque estas coordinaciones de tratados internacionales, por lo general, recaen en países desarrollados del hemisferio norte. Pero que un país en vías de desarrollo, como Chile, pase a tener la bandera administrativa de esto, es una muy buena noticia para el sur global en general. Chile además ha sido uno de los países impulsores del tratado y de los primeros en ratificarlo, que tiene una historia también, porque el puerto de Valparaíso fue muy importante en la economía mundial; algo que cambió con la creación del canal de Panamá. Sin embargo, no se puede negar que Valparaíso sigue siendo un punto neurálgico para la comunicación marítima internacional. Además, es una zona que tiene gran capacidad de investigación en biología marina y oceanografía, con instituciones que son fundamentales para el maritorio chileno. Entonces, sería bastante lindo ver a Valparaíso como sede administrativa del Tratado de Alta Mar.
¿Cuál crees que es el principal desafío que tiene Chile o tenemos los chilenos en la protección de nuestro océano? ¿Qué es lo más urgente que tenemos que atender?
Chile es un ejemplo mundial en conservación del maritorio. Tenemos casi la mitad de nuestra zona económica exclusiva protegida. Siempre hemos liderado las conversaciones de conservación en las cumbres internacionales; sin embargo, eso no quiere decir que no tengamos falencias, porque la realidad es que tenemos muchos problemas de fiscalización, de implementación y de regulación. Tenemos muchas “áreas marinas protegidas de papel”, por así decirlo. O sea, que quedan muy lindas en el decreto, pero que en la realidad no se trabajan como áreas marinas protegidas. Por ejemplo, en la Reserva Nacional Kawésqar tenemos salmonicultura presente y activa, siendo ésta una de las actividades extractivas más dañinas para el océano y, peor aún, operando en zonas tan prístinas como la Patagonia.
Esto habla de un gran desafío. No se trata solo de fiscalización, sino de cómo Chile empieza a equilibrar esa conservación de la que se jacta con la actividad económica. Lograrlo no es fácil, porque tenemos una actividad económica extractiva muy fuerte en el océano que convive con este gran impulso por conservar. Entonces, enfrentamos una dualidad que, hasta el momento, no se ha podido compensar bien.
Aún hay mucho trabajo por hacer para que Chile pueda decir con propiedad: “Sí, efectivamente tenemos protegido este porcentaje del océano”. Ahí, precisamente, es donde está el mayor desafío.
Texto: Gilda Medina C. / Fotografías: Catalina Velasco

